En un estrecho espacio bien aislado por gruesas paredes y la vieja distribución de la casa, más música violenta y sin mucha estética (pero con fuerza, sentido y crítica) y el humo del tabaco saliendo de bocas ansiosas y viciosas empezaba a crear la atmósfera necesaria para poder liberarse. Gentilmente recibió un cigarro y el alcohol comenzó a hacer efecto, y las conversaciones fueron adquiriendo complejidad y sentido. Hablaron de política, pero no hablaron de políticos. Los hombres ya los habían defraudado una y otra vez, ya habían demostrado que mentían, era fraudulentos y engañaban, y hacían sólo lo que era bueno para ellos, no para todos. Anti política; eran una mentira. Hablaron, eso sí, de ideologías, hasta que Álvaro descubrió que todas eran igualmente falsas, todas eran quiméricas e ideales; no existía la igualdad, y odiaba la idea de ser dominado por un ser sólo con más poder, no con más inteligencia; por lo tanto ninguna ideología que pudiese ser representada en un partido político serviría para algo. Pero se calló, y observó a sus amigos discutir acaloradamente, defendiendo sus tendencias políticas, y el sintió asco por su devoción, y sintió admiración por su pasión para defender algo que consideraban correcto; sintió quizás un poco de envidia por su capacidad de sentir algo, tener algo a lo que pertenecían, y defenderlo. Pero no llegó hasta la envidia, pues nada de lo que defendían tenía realmente mucha importancia, o era respetable o decente. Y observó a sus amigos defendiendo acaloradamente ideas y hombres que no los defendían a ellos.
Después hablaron de justicia, pero amargamente se dio cuenta de que no tenía dinero para pagarla, y sonrió irónicamente en silencio. Hace algunos años, hace algunos meses, hubiese sentido rabia e impotencia ante la lista de injusticias mundiales, generales y personales que ellos nombraban y enumeraban. Pero ya no le quedaba capacidad de asombro, sólo ironía, sarcasmo y cinismo.
Hablaron de religión, y se rieron de Dios, de la iglesia y de Jesucristo. Estaban ya demasiado despiertos como para caer bajo la religión de la ignorancia, no podían creer en personas tan hipócritas, tan falsas. Y se rieron sin Dios, pero Álvaro se dio cuenta de que entonces se quedaban solos, abandonados en la bola de barro entre animales depredadores. Ya no tenían respuestas para todo, y la muerte parecía más aterradora sin creer que hubiese algo más allá, y la vida perdió sentido al darse cuenta de que después de todo, moriría de todas formas, y se preguntó por qué aguantar tanto dolor y esforzarse tanto. Y sintió rabia ante si ex Dios - Padre, y sintió rabia ante su hermano - hombre, y su alma se oscureció un poco más, y sus sentimientos se amargaron un poco más, su mirada se volvió ligeramente más sombría y más vacía.
Finalmente sólo hablaron de idioteces y se rieron de ellas. Blasfemaron, satirizaron, fueron irrespetuosos con todo y con todos, incluso entre ellos mismos y para ellos mismos, y se olvidaron por un momento de todo el odio y la desesperación. Hablaron de música violenta y de libros interesantes, y se llenaron de orgullo, pues conocían mucha música violenta y muchos libros interesantes, y se sintieron muy inteligentes y muy interesantes. Se llenaron de orgullo hablando de literatura que complacía sus sentimientos de ira e injusticia, y se sintieron identificados y satisfechos, y seguros. Y siguieron abrazándose con más auto compasión, para tranquilizar sus conciencias y alimentar sus debilidades, callar su cobardía, y cuando su espíritu vil y patético se sintió seguro, cada uno se levantó y partió nuevamente a su propio hogar.
Álvaro inició su caminata hacia su casa al amparo de la niebla y con paso torpe y alcoholizado. Su mente se había idiotizado lo suficiente como para no sufrir nuevamente de ataques de terrible conciencia sin la protección de ningún tipo de autocompasión o excusas, ataques sin compasión que habían comenzado a aparecer desde hacía poco pero no parecían cesar, y se estaban haciendo realmente dolorosos.
Y mientras observaba el fluir de sus pensamientos (pues con tanto alcohol en la sangre no se puede hacer otra cosa que observar, difícilmente puedes pretender crear) se fue filtrando en su mente un ritmo lejano e hipnótico y extrañamente excitante, de forma subconsciente. No se dio cuenta de que había dejado ya de caminar, y que se hallaba en medio de la calle y con una alta probabilidad de ser atropellado pues los árboles eran altos y frondosos y tapaban la luz de la luna llena y la de los faroles destartalados. De pronto su conciencia se aclaró durante unos breves segundos y se dio cuenta de que estaba perdido. Al fondo de la calle, a unas ocho cuadras, creyó
reconocer una calle familiar. Llegó a pensar que en su curadera se había desviado en algún punto, pero entonces le asaltó la extraña idea de que ese ritmo lejano le había atraído inevitablemente. Y entonces volvió a escuchar ese ritmo, y su mente volvió a nublarse recordándole que aún estaba ebrio. Siguió de pie sin sabe qué hacer hasta que de pronto el viento le trajo un fuerte olor a hierba, y por una pequeña calle oscura le pareció ver destellos de luz, y se encaminó en esa dirección para encontrarse con una calle sin salida, con una pequeña rotonda al final adornada con una hermosa fuente de agua estancada.